lunes, 7 de mayo de 2012

El último paseo




El último paseo
4 de abril de 1952. Mi señora, afanada con el quehacer de la casa, enlistando en su cabeza los pendientes: ir por verdura, por sus hijos a la escuela; de ahí, a la casa de la vecina, a planchar ropa. Se dirige a prisa hacia el mercado, siete cuadras hasta “el Guamilito”, carga ahora verdura fresca y tortilla, seis cuadras más, apresurada y cargada, a tiempo – justo a tiempo para recoger a sus hijos. En la casa, se sientan a comer, la hermana mayor recoge los platos y los lava, dan las cuatro, se levanta, se retira, va con la vecina, plancha su ropa para ganar algunos lempiras, cae la noche, exhausta regresa a casa, al interminable quehacer: deja todo limpio, listo para mañana.
Esas eran las tardes de mi señora. Hoy, 60 años después, es una anciana de 92 años, que recuerda con nostalgia la utilidad que le dio a sus días. Después de tanto trabajar y sacar adelante a 5 hijos, de los cuales uno ya falleció, vive tranquila en casa de su nieta, acompañada de su hija mayor. Sí, tres generaciones vivas, y la cuarta les cuenta esta anécdota.
Yo ya tenía trabajo, y ganaba un salario decente para pagar la universidad, y costear mis propios gastos. No contribuía a la casa, a menos que mi mamá me lo pidiera. Mi bisabuela, todas las mañanas me despedía cuando me iba a trabajar: “Dios me la bendiga y la guarde, la cubro con la sangre de Cristo”, era el rezo diario que lanzaba mi señora.  Es de pocas palabras, y muy raro se anima a platicar conmigo. Su vida se simplificó a comer y dormir. Ya no ve la televisión, porque las cataratas afectaron su ojo izquierdo, y con el derecho solo mira sombras, la artritis la hace sufrir de pequeños dolores matutinos, nada serio, son cosas de la edad. Chaparrita y con huesos de hierro, ninguna enfermedad la ha doblado, la osteoporosis, gastritis, diabetes, presión alta, y taquicardias no son términos conocidos o vividos en ella. Alzheimer, le da de vez en cuando a su conveniencia y tiene sordera selectiva también. Mi señora, mi señora, tiene en sus ojos la caída de los años, y su piel refleja los días bajo el sol. Fue formada con vara y maizal, ve la juventud de nuestros días y se sorprende de nuestra rebelión. Dios te va a castigar, repetía cuando yo hacía algo malo, pero no es Dios abuelita, la vida nos pasa la factura, y terminamos sufriendo nuestra propia consecuencia. ¿Qué acciones tan nobles realizaste en tu vida, que ahora te ves confortada en la tranquilidad de una hamaca?
Abuelita, ¿quieres salir a pasear? Mmm… ¿a dónde me vas a llevar? Usted no pregunte. Llegó ese día,  era mi descanso en el trabajo, así que le pedí que se vistiera y en una hora salimos. No tengo las palabras para expresar lo especial que fue ese día. El sol de las 11 de la mañana es justo todavía. No hace 50 años cuando salía mi señora y eran avenidas rodeadas de arboles, ahora el pavimento y el tráfico hacen ardiente el sol al mediodía. Utilicé el tiempo sabiamente, tomamos un bus que nos llevó hasta el centro, llegadas allí, la llevé al parque central. Acompañadas de una sombrilla, a paso lento pero seguro caminamos hasta Pamplona, una pequeña cafetería con mesas para dos y una barra; al fondo de ésta, obsérvanse Fotografías de España, manteles blancos y 2 televisores colocados en cada esquina, a lo alto de la pared. Aquí las personas mayores llegan a comer y tomar café, leen el periódico y platican de los tiempos cuando fueron obreros en los campos bananeros en la Lima.
Abrí la puerta y ella entró primero. Tomamos la segunda mesa después de la  entrada,  llegó la mesera y nos ofreció de tomar, pedí un refresco de Cola y dos club sándwich. Un silencio placentero amenizaba nuestra comida, que sólo remarcaba la alegría de aquel día. Tomé la servilleta y limpié su nariz llena de mostaza, me sentí feliz, ese espacio en mi corazón llenado a plenitud, ver a mi señora comer un plato entero sin molestias de la edad, que le quite la carne o los pepinillos no es problema para ella. Le ofrecí mas refresco, y terminamos de comer. Pedí la cuenta y al pagar nos dieron dulce de menta, su favorito. Satisfechas, caminamos nueve cuadras hacia “el Guamilito”, lentas pero seguras y ya con el sol en nuestras cabezas. Me decía: “Ese edificio no estaba allí la última vez que anduve por aquí, y esa esquina la remodelaron, ¡que calor hace!, ¿ya vamos a llegar?, ¿y ése es el Hotel Sula vos?, Cuando yo pasaba por aquí no había tanta gente, no se te olvidó la cartera verdad, ¿ya le hablaste a tu mami que ya vamos para la casa?…”. “Abuelita, ahorita vamos para Guamilito, y después para la casa.” Entramos por el lado de los puestos de tortilla, “quería tortilla mami”, “no se le ofrece tortilla mami”, “cómpreme tortilla mami”, es el canto de las tortilleras, ofreciendo al que va caminando por el pasillo rodeado de hornillas, donde señoras y niñas trabajan con delantales puestos y gorros blancos para sostener el cabello. Un Mercado cerrado por paredes y techo no es muy fresco a estas horas del día. Entramos a un puesto de souvenirs, artesanía Lenca, cuadros, machetes, cofres, jarrones, tarjetas, muñecas de mimbre y vestidos de manta. Le compré un vestido. La paseé por los puestos de verdura, llenos de color y frescura, canastos llenos de mazapán y cebolla, frijol y especias. Y por el lado de las flores, ¡Qué belleza! Rosas, claveles, girasoles, alcatraces, y margaritas. ¡Qué cambiado esta todo, vos!
Saliendo de allí, paré un taxi, mi señora ya estaba cansada con sus tobillos hinchados de tanto andar. Listas para regresar, pregunté: “¿Te gustó el paseo abuelita?”. Pregunta que me vi obligada a hacer, ya que ella nunca ha sido una persona que exprese sus sentimientos. “Sí. Tenía ya mucho tiempo que no salía a caminar por esas calles.” “Con cuidado abuelita, el pie póngalo  aquí, yo me subo de este lado… sí, sí, ya nos vamos a la casa. “
Es muy lindo darles este tipo de salidas a los señores de edad, cuando ellos ya no salen solos, por temor a perderse, porque se cansan, o por estar enfermos. El amor es la única energía que nos impulsa a actuar de esta manera, sin esperar nada a cambio. Cumplir el mandamiento de honrar a nuestros padres y de amar al prójimo, son acciones que no deberíamos hacer para satisfacer el “ego”, sino para marcar el recuerdo de los que amamos.



“quería tortilla mami”, “no se le ofrece tortilla mami”, “cómpreme tortilla mami”, es el canto de las tortilleras